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1/8/2010
 
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La piedra que llegó del cielo
MIGUEL ANGEL SABADELL
La aparente tranquilidad que nos inspira el cielo estrellado es solo eso, apariencia. Sobre nuestras cabezas pende una cósmica espada de Damocles en forma de hielo, metal y roca: son los asteroides y cometas.
El 10 de agosto de 1972 un bólido de 10 m de diámetro y con un peso de varias toneladas cruzó la atmósfera de la Tierra durante 101 segundos a una velocidad de 15 km/s. El 22 de marzo de 1989 otro asteroide, esta vez de 500 m de diámetro, cruzó la órbita de la Tierra solo seis horas después de que nosotros pasáramos por allí. Si hubiese llegado antes habría provocado una catástrofe sin precedentes: la energía liberada en el impacto habría sido superior a más de un millón de toneladas de TNT y habría abierto un cráter de unos 7 km de diámetro. Son los peligros que vienen del cielo.

La aparente tranquilidad que nos inspira el cielo estrellado es solo eso, apariencia. Sobre nuestras cabezas pende una cósmica espada de Damocles en forma de hielo, metal y roca: son los asteroides y cometas.

Los cometas son reliquias de la formación del sistema solar. Se encuentran situados en dos zonas: la nube de Oort y el cinturón de Kuiper. La nube de Oort es un gigantesco halo de cometas, mucho más allá de la órbita de Plutón, entre 20.000 y 100.000 Unidades Astronómicas -se define una UA como la distancia Tierra-Sol-. Cuando algo altera su precaria estabilidad caen hacia el Sol tardando en llegar 500 millones de años. El cinturón de Kuiper se encuentra peligrosamente más cerca. Es un denso anillo de cometas que se extiende desde la órbita de Neptuno hasta más allá de la de Plutón. De allí nos llegan los cometas de periodo corto, de menos de 20 años.

La mayor parte de los asteroides se encuentran en un cinturón situado entre las órbitas de Marte y Júpiter, a una distancia entre 2 y 4 UA. Estos cuerpos no representan ninguna amenaza. El problema son los miles de asteroides de órbitas apepinadas que cruzan el camino de la Tierra. Son los Near Earth Objects, Objetos Cercanos a la Tierra.

NEOs
El nombre colectivo de NEOs se utiliza para aquellos cometas y asteroides que por el tipo de trayectoria que siguen son capaces de colisionar con la Tierra. De los cometas, todos aquellos que tienen su punto más cercano al Sol por dentro de la órbita de la Tierra son potencialmente peligrosos. Es difícil estimar su número, pues además de los que regresan cada cierto tiempo se encuentran los que se acercan por primera vez al Sol. Sí podemos calcular cuántos de los ‘habituales’ representan un peligro. Según el astrónomo Eugene Shoemaker -muerto en 1997 en un accidente de coche mientras buscaba un cráter de meteorito en Australia-, de los cometas de periodo corto que cruzan la órbita de la Tierra, 30 tienen un tamaño de 1 km de diámetro, 125 más de 500 m y 3000 con más de 100 m. Con todo, tenemos el consuelo de que si alguno se dirigiera hacia nosotros lo más probable es que lo viéramos venir. Los que no veríamos serían los asteroides.

De los asteroides cuyo movimiento orbital les conduce relativamente cerca de la Tierra se estima que existen unos 1000 aunque solo hemos descubierto 250. Los que hemos encontrado tienen un tamaño entre 32 km a menos de 100 m (los dos mayores conocidos son el 1036 Ganímedes, de 32 km, y el 433 Eros, de 23). La razón de que no conozcamos asteroides de menor tamaño no es porque no existan, es porque son difíciles de encontrar.

Los asteroides NEOs conocidos han sido clasificados en diferentes grupos: Aten, Amor, Apolo y Arjuna. Los más peligrosos son el grupo de los Apolo, pues tienen su perihelio -el punto de la órbita más cercano al Sol- por dentro de la órbita de la Tierra. De ellos solo conocemos 169.

ECA
Además de los NEOs, los realmente peligrosos son los Asteroides que Cruzan la Tierra, Earth-Crossing Asteroids (ECA). Son NEOs que por culpa de los tirones gravitacionales de los planetas a los que se acercan, se han acomodado en nuevas órbitas demasiado próximas como para sentirnos cómodos. Los mayores que conocemos son 1627 Ivar y 1580 Betulia, ambos de unos 8 km de diámetro -un tamaño muy parecido al del meteorito que se supone provocó la extinción de los dinosaurios-. Saber cuántos son es complicado pero podemos dar algunos datos: mayores de 1 km de diámetro se estima que hay unos 2.000; por encima de 500 m, unos 10.000; mayores de 100 m, 300.000 y de 10 m puede haber 150 millones. Por debajo de ese tamaño no resultan peligrosos: cada año suele llegar uno pero se desintegra antes de llegar al suelo. De todos los ECA solo hemos identificado 150 y solo de la mitad hemos podido establecer con cierta precisión su órbita, con lo que pueden perderse -y de hecho lo hacen- con facilidad. Un par de buenos motivos para preocuparse.

¡Impacto!
La industria del cine nos golpea con cierta periodicidad con películas de catástrofes cósmicas. El argumento es bien simple: desde el espacio llega un objeto que amenaza la vida en nuestro planeta. La primera de ellas fue una película de los años 50 titulada Cuando los mundos chocan, y narra el descubrimiento de un planeta, Zyra, orbitando alrededor de una estrella, Bellus. El problema está en que Zyra pasará tan cerca de la Tierra que provocará increíbles catástrofes. Y si esto no fuera poco, 19 días después, Bellus chocará contra la Tierra, o lo que quede de ella.

En los años 70 la amenaza llegaba en forma asteroide en la película Meteoro. En los últimos años Holllywood ha arremetido contra la Tierra varias veces: Impacto nos amenazó con un cometa -una película que comienza con el sueño de todo astrónomo aficionado: descubrir un cometa. Aunque a nadie le gustaría que llevara su nombre el cometa que va a acabar con la vida en la Tierra- y en Armageddon nos amenazan con un asteroide más grande que España. Ficciones aparte, científicos de la NASA estudiaron en 1992 y en 1994 el riesgo de una colisión contra un asteroide del Juicio Final.

Su llegada vendría precedida por una tremenda explosión en la alta atmósfera. Parte de la capa de ozono sería destruida y posiblemente el asteroide se fragmentaría y parte se vaporizaría al igual que el punto de la superficie terrestre situado debajo de él. El ácido nítrico creado por la bola de fuego de entrada acidularía suelos, ríos, lagos y océanos. Si cayese en el mar, inmensos tsunamis arrasarían las costas de los cinco continentes. Si fuera en tierra, el impacto crearía un cráter tres veces mayor que el asteroide. La Tierra resonaría como una campana, disparándose la actividad sísmica y volcánica tanto en la zona del impacto como en sus antípodas. Durante hora y media los materiales ejectados producirían una tormenta de fuego que se extendería rápidamente por todo el continente.

La cantidad de polvo y pequeñas partículas arrojadas a la atmósfera harían de la Tierra un lugar de noche perpetua, cayendo la temperatura varias decenas de grados centígrados. Meses después, el vapor de agua y el dióxido de carbono multiplicarían el efecto invernadero y la temperatura global de la Tierra aumentaría drásticamente. Capturado en un ciclo terrible, las bajas temperaturas obligarían a los océanos a liberar su inmenso almacén de CO2 multiplicando este efecto. Por decirlo en dos palabras: Extinción global.

Para esto solo se necesita un asteroide entre 1 y 10 km de diámetro. En el peor de los casos la energía del impacto sería unas 500.000 veces el potencial nuclear mundial. Por suerte, podemos estar tranquilos: esto solo sucede una vez cada mil millones de años. Sin embargo, la probabilidad de que en el próximo siglo caiga un objeto de algo más de 1 km es tan solo una de 1000. Y solo necesitamos uno para que nos arruine el día.

Chatarra espacial
Un cementerio de chatarra sin control gravita sobre nuestras cabezas. Cuando se habla de chatarra espacial no solo nos referimos a restos de satélites sino a los residuos procedentes de los lanzamientos. De hecho, poner en órbita un vehículo espacial produce del orden de diez piezas de desecho de diferentes tamaños: fases agotadas de los cohetes portadores, carenajes protectores, abrazaderas de fijación... La cuenta no se detiene aquí. También hay que tener en cuenta las explosiones. Parte se deben a vuelos abortados desde el centro de control, otras han sido producto de la Guerra de las Galaxias, cuando se desarrollaron métodos de intercepción de satélites y algunas más por la explosión de la última fase del cohete portador o por la autodestrucción de las naves rusas Salyut cuando terminan su misión. Pero las más inquietantes son las que suceden sin una causa conocida y que muy probablemente sean debidas a colisiones en órbita. Así, el Pageos se convirtió inesperadamente en 70 pedazos tras colisionar con el Cosmos 954.

Y todo porque los satélites se sitúan en unos lugares determinados. Esencialmente, podemos distinguir dos zonas: la que va desde los 500 a los 3.000 km, y la de los satélites geoestacionarios -aquellos que siempre se encuentran sobre el mismo punto de la superficie terrestre-, a 36.000 km de altura. Por eso, a medida que vamos acumulando satélites los riesgos se multiplican.

Pero no todo son malas noticias. Tenemos a alguien que se ocupa de controlar dónde se encuentran los satélites y la basura: el U. S. Space Command, que vigila algo más de 7.000 objetos con un tamaño superior a los 10 cm. Afortunadamente, la mayor parte de los restos se encuentran confinados en dos cinturones situados a 900 y 1.500 km. Las órbitas geosíncronas están, por ahora, relativamente limpias, con solo unos 500 pedazos de basurilla espacial.

La mala noticia es que hay decenas de miles de pedazos de menos de un centímetro de diámetro que suponen un riesgo considerable debido a las altas velocidades orbitales. Por poner un ejemplo: En 1983 una partícula de pintura chocó contra el parabrisas del Space Shuttle. El cristal quedó tan dañado que tuvieron que reemplazarlo. ¡Vaya peligro supone para los astronautas salir a dar una vuelta fuera de la nave! Sin embargo, lo peor está por llegar. Hasta se le ha dado un nombre: el síndrome Kessler. Se trata de la reacción en cadena que sufren satélites y basura en órbita cuando se alcanza una cierta masa crítica. Entonces, la destrucción de un único satélite puede crear una nube de chatarra que, a su vez, destruye más satélites creando más chatarra. El resultado de un síndrome de Kessler sería un cinturón impenetrable de chatarra rodeando la Tierra. Un desastre que podría hacer imposible el viaje espacial durante siglos. Algunos científicos han calculado cuál es esa masa crítica: 70.000 fragmentos de un centímetro o mayores. Dentro de 20 años llegaremos a esa cifra. Curiosamente, para esa época se prevé el aumento de 1,5 ºC de la temperatura global de la Tierra por culpa de otro tipo de basura, el dióxido de carbono. Y es que las desgracias nunca vienen solas.

Tunguska
Eran las 7 y 17 de la mañana (hora local) del 30 de junio de 1908. En plena taiga siberiana, en las proximidades del río Podkamennaia Tunguska, una «cosa» de un resplandor cegador a pesar de la luz del sol, surcó el cielo dejando una intensa estela de humo. Según testigos presenciales, al desaparecer por el horizonte se vio un resplandor azulado y se escuchó el sonido de una explosión, audible en un radio de 1.500 km. Sismógrafos de Asia y Europa registraron el paso de una onda sísmica, una onda de presión atmosférica arrojó al suelo a personas y arrancó las tiendas de los nómadas Evenkos acampados a varios kilómetros del lugar del impacto. En Washington se detectó su paso, debilísimo, 8 horas después de la explosión.

Los habitantes de la región hablaban de bosques arrasados pero nadie les creyó. Fue en 1927 cuando la Academia de Ciencias Soviética decidió enviar una expedición. Tras muchos días de marcha por la helada taiga los científicos encontraron el bosque del que los Evenkos hablaban desde hacía 20 años: en un área de 2.150 km2 los árboles estaban arrancados y dispuestos en dirección radial y los de la zona que rodeaba la depresión pantanosa donde se produjo la explosión estaban desmochados, con los troncos desnudos y abrasados. En otras zonas estaban chamuscados debido a una onda de elevada temperatura proveniente de lo alto. Pero lo más misterioso es que no se encontró ningún cráter; únicamente una gran depresión pantanosa de 10 km de extensión con numerosos hoyos de 5 a 30 m de diámetro llenos de agua cubierta de musgos.

Mucho se ha especulado acerca de qué es lo que pudo chocar con la Tierra aquél día de 1908. Propuestas estrafalarias como la de una nave extraterrestre o imaginativas como un microagujero negro han dejado paso al núcleo de un cometa o un asteroide. Al final parece que fue un asteroide. En 1994 se encontraron partículas meteoríticas en la resina de las coníferas del lugar, y en los hielos de Groenlandia se halló una alta concentración de iridio -un marcador clásico de impacto meteorítico- en una capa correspondiente al año 1908. Quizá la solución al misterio Tunguska sea un asteroide pétreo de 30 metros de diámetro y con una velocidad de 15 km/s que se volatilizó a unos 8 km del suelo en una deflagración de 20 megatones.
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