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(Ago. 03) Entrevista a Francisco García Olmedo, catedrático de biología molecular vegetal DIVULGA |
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Francisco García Olmedo nació en Cádiz hace 65 años. Estudió en Sevilla Ciencias Químicas y se doctoró más tarde como ingeniero agrónomo. Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Escuela Superior de Ingenieros Agrónomos de Madrid desde 1970, ha dedicado su vida investigadora a la mejora de plantas. Inicialmente lo hizo mediante cruzamientos y técnicas clásicas, pero en 1980, cuando llevaba ya 15 años metido en los laboratorios, tuvo que reconvertirse ante la aparición de la ingeniería genética aplicada a las plantas, y pasó un verano en Gante con el grupo puntero en esta tecnología. Desde entonces, es reconocido como el pionero de esta disciplina en nuestro país. Entre otras muchas cosas, ha sido asesor de los gobiernos belga y finlandés y miembro del Consejo Científico del Instituto Max Planck alemán. Pertenece a la Academia de Ingeniería, a la Real Academia de Ciencias y a la Academia Europea. Desde hace unos años se ha convertido en uno de los portavoces habituales de los que defienden la tecnología de las plantas transgénicas, y ha escrito algunos libros de divulgación, como “La Tercera Revolución Verde”.
¿Cuales son los principales problemas de la alimentación en el mundo actual?
R.- Fundamentalmente hay que decir que en primer lugar el hambre y las enfermedades carenciales, y en segundo lugar las enfermedades de la opulencia, la obesidad, la bulimia y la anorexia, entre otras. Y si el número de hambrientos en el mundo es del orden de 800 millones, el de los obesos va ya por 400 y mientras el hambre diminuye lentamente, el número de obesos crece muy de prisa.
¿Qué soluciones están en nuestras manos?
R.- En relación con el hambre no hay una sola tecnología que vaya a resolver el problema porque además no hay un solo capítulo de hambre, están los que pasan hambre en la actualidad y está el hambre que puedan pasar los 1000 o 1500 millones de nuevos seres humanos que van a poblar el planeta. Tan frívolo es decir que el hambre en la actualidad es un problema técnico como decir que es un problema de reparto. Si fuera así se hubiera resuelto hace mucho tiempo. Por supuesto que el hambre es un problema de reparto, pero no solo proviene del reparto, el hambre es un problema técnico, pero no solo un problema técnico... es un problema económico, es un problema político, es muchas más cosas. Pero lo que me parece inaceptable es la postura de los que piensan que los problemas del futuro se van a resolver volviendo a tecnologías del pasado, porque la tecnología y la ciencia deben jugar un papel importante en la resolución del problema del hambre. Si hace 30 años teníamos media hectárea por habitante, hoy día tenemos un cuarto de hectárea laborable por habitante y en 20 años tendremos 2000 metros cuadrados. Por tanto es inevitable que tengamos que producir más por hectárea si queremos seguir comiendo como hasta ahora. Ya usamos prácticamente casi toda el agua dulce asequible que razonablemente se puede usar para la práctica agrícola. Por tanto, no vamos a tener una mayor producción de alimentos por poner nuevos regadíos, tenemos que obtener variedades que produzcan más por hectárea, que sean más resistentes a los factores adversos de suelo, del clima, de las plagas, de los microorganismos que son los que destruyen las cosechas. Y además tenemos que producir de forma más limpia, porque la agricultura ha sido adversa al medio ambiente desde que se creó, hace 10.000 años, y cuanto más primitiva más adversa, en contra de la creencia popular, porque el impacto de la producción de alimentos sobre el medio ambiente hay que contabilizarlo por toneladas de alimento producido. Se han hecho avances notables en ese sentido, hoy producimos una tonelada de alimento con menos suelo, menos fertilizantes, menos productos fitosanitarios, menos agua y menos energía que hace 30 años, pero no hemos mejorado tanto que compensemos el crecimiento de la población mundial. Hoy se contamina menos de la mitad que hace 30 años por unidad de producción, pero la población mundial se ha triplicado y el impacto ambiental de la práctica agrícola global se ha hecho más grave.
¿El número de tierras cultivables ha llegado a su límite o hay todavía tierras que podríamos roturar?
R.- Por supuesto, nuestra capacidad de roturar para nuestra desgracia no ha terminado, podemos destruir más, quiero decir, que hoy en día cultivamos todo lo que es razonable cultivar y muchas tierras que nunca debimos poner en cultivo. En África sería susceptible poner en cultivo nuevas tierras si se introducen ciertas mejoras técnicas, pero también es cierto que el suelo laborable se destruye por una serie de fenómenos conocidos, como la erosión, la desertización y otra serie de procesos de degradación. El balance de ambos fenómenos hace que en esencia no vamos a lograr aumentar la superficie de suelo laborable. Si tenemos en cuenta que la población mundial sigue creciendo, eso significa que, de hecho, el suelo disponible por persona va a disminuir necesariamente.
¿Son las plantas transgénicas la solución?
R.- La mejora genética de las plantas que se cultivan se viene practicando desde hace 10.000 años y lo importante de la alteración genética de las plantas es en qué consiste la alteración y no el método que se ha utilizado. Una planta alterada genéticamente no guarda memoria del método que se utilizó para producirla. Tradicionalmente estas alteraciones se han venido haciendo por intercambio de genes por vía sexual, y por la variabilidad natural, que no se conserva si el hombre no se preocupa de ello. Lo que supone de nuevo la ingeniería genética en relación con la mejora de la planta, es la posibilidad de ir a buscar genes fuera del ámbito de la especie, y esto a algunas personas les asusta, pero los genes una vez en el bote son indistinguibles si son de elefante o de tomate. Es asombroso el parecido que existe entre las proteínas que realizan determinada función en un gusano y un ser humano. Por tanto, esa prevención afecta a las personas que carecen de una formación biológica, que les puede parecer una cuestión peligrosa. Pero la operación es como quitarle una tuerca a una moto para ponérsela a un automóvil. Las piezas de que están hechos los seres vivos son las mismas con ligeras variaciones, y eso permite ir a buscar una pieza, esto es, una determinada característica, fuera de la especie.
¿Qué ventajas conlleva?
R.- La ingeniería genética tiene la enorme ventaja respecto a la anterior tecnología de que sabemos mucho mejor lo que estamos haciendo y que introducimos solo un gen o unos pocos genes mientras en el pasado para conferir a una planta una propiedad deseable introducíamos al azar decenas y decenas de genes que no sabíamos lo que eran, algunos de los cuales acababan en el producto final, y como ojos que no ven, corazón que no siente, pues están ahí, es decir, que para cambiar una sola característica tenían que manejar muchos genes y descartar la mayoría de una forma poco precisa, poco ordenada, ese método, que dicho así parece que sería un desastre, ha sido extraordinariamente exitoso. Gracias a esa técnica tradicional la humanidad ha logrado llevar la producción más allá de la línea de crecimiento de la población. Estas técnicas tradicionales han permitido tener cosas tan dispares como el chihuahua y el pitbull, cosas que la ingeniería genética nunca ha podido obtener.
¿Están justificadas las variaciones que se introducen por esta técnica?
R.- Las plantas transgénicas ofrecen muchas posibilidades para resolver el problema de producir más y de obtener una planta menos sensible a condiciones adversas. Se ha dicho que las primeras aplicaciones carecían de interés para los consumidores, y esto no es así porque en realidad responden a retos de la humanidad, cómo producir más y producir más limpio, y las aplicaciones que han tenido de momento inciden directamente sobre este objetivo, cómo conseguir una planta resistente a una plaga, ya que si logramos que se produzcan menos pérdidas estamos aumentando el rendimiento medio. Además, al obtener una planta resistente a una plaga necesitaremos menos insecticida y eso es hacer una agricultura más limpia por tonelada y metro producido. Hay algunos casos que no inciden sobre este objetivo, por ejemplo el tomate cuya maduración se puede detener no es más que una aplicación lateral pero responde a otras demandas, es hacer más fácil lo que antes se hacía al meter los tomates en frío durante una semana para poderlos sacar al mercado más tarde. Ahora podemos hacerlo sin tener que hacer la inversión de energía que supone tener una cámara frigorífica. Otros podrían ser demandas sectoriales que también deben ser juzgadas en sus propios términos, como el arroz dorado, que obedece a una demanda humanitaria, ya que cada año millones de niños quedan ciegos o incluso mueren por falta de vitamina A. Otra demanda sectorial puede ser que los productores de tomate quieran un tomate con menor contenido de agua en la madurez o cualquier otra característica que les facilite su proceso de inversión, y esas demandas tendrán que ser juzgadas en sus propios términos, tanto desde el punto de vista de la seguridad como desde el que cumplan su objetivo. |
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