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3/9/2010
 
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(Mar. 02) Cambiar la hora, ¿para qué?
Manuel Toharia. Periodista científico y escritor. Director del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe. Ciudad de las Ciencias, Valencia.
Todos los años estamos igual: a finales de marzo o de octubre se cambia la hora, adelantando o retrasando el reloj sesenta minutos. Parece una nadería, pero molesta y disturba.

Y, además, lo más probable es que no sirva para nada porque el supuesto ahorro energético derivado de esa medida todavía está por ver, y por calcular. Se asume, sí; pero nadie lo ha demostrado.
Y si ese cambio de hora es beneficioso para un país nórdico, el sentido común nos deja entender que no puede serlo igualmente en Italia o España, con costumbres, climas y horas de sol diurno tan dispares.

Durante el verano, los días son mucho más largos en todas partes, y tanto más cuanto más cerca del polo. Intentar adaptar la vida social a ese cambio que progresivamente se va produciendo de diciembre a junio, y en sentido inverso de junio a diciembre, es cosa condenada al fracaso. Y más cuando se trata de armonizar países con costumbres, climas y actividades tan diferentes como, por ejemplo, Noruega, Grecia, Alemania, España... la verdad es que la vida sigue igual esté el Sol fuera o sea noche cerrada. Es más, la mayor parte de la vida que hacemos los habitantes de los países desarrollados tiene lugar en interiores, donde da igual que haya luz solar o no. Un buen ejemplo son los grandes almacenes, o las grandes superficies, en ellas, el consumo energético es independiente del horario solar, u oficial.

El problema se reduce, en última instancia, al saldo entre energía ahorrada en el crepúsculo vespertino y energía gastada en el crepúsculo matutino. En esencia, consiste en saber cuántos trasnochadores y cuantos madrugadores ahorran, y consumen, energía; incluyendo en el cálculo, por supuesto, a todas las industrias, los comercios, los servicios y actividades de todo tipo, la vida doméstica y de ocio, y así sucesivamente.

Pero, además, estas cuentas hay que hacerlas no sólo en España y en sus diferentes regiones -de climas y costumbres tan dispares: ¿cómo comparar la vida andaluza con la del norte de Galicia?-, sino también en todos los países donde se hace el cambio horario a la vez; en Europa y en Estados Unidos... Así, en promedio, lo obvio es que por un lado se gana lo que por otro se pierde...

En todo lo que antecede no hemos incluido las molestias y los gastos inherentes al cambio de hora en sí mismo. Molestias que no son nada desdeñables, y gastos que, en los transportes públicos, por ejemplo, también son bastante significativos. Podría incluso ocurrir que el saldo antes aludido –la diferencia de lo que se ahorra por un lado y se gasta de más por otro– fuese incluso negativo. Y aun más negativo si se le añaden las molestias y gastos directamente ocasionados por la medida. Una medida que se hizo internacional a principios de siglo, cuando la vida urbana, industrial y agrícola nada tenían que ver con la actual...

Entonces, ¿por qué perder tiempo y dinero con los cambios de hora? Adoptemos de una vez una hora civil, la que sea (la solar, la solar con una hora añadida, la solar con dos horas añadidas), y no la cambiemos ya nunca más.

El problema es que hay que deshacer el camino andado durante decenios, y convencer ahora a todos los países de que esto del cambio de hora no sirve para nada. Con la inercia administrativa vigente en todas partes, mucho me temo que seguiremos oyendo a las autoridades repetir como loritos eso tan socorrido de que “por razones de ahorro energético...”. Lástima.
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